Vino de Adra

D Ó N D E   E S T A M O S

Vino de Adra, “puerta y puerto de la Alpujarra”. En la provincia de Almería, a la vera de la de Granada. Un pueblo lleno de historia, de sol y de mar azul. Cobijo de veintitrés mil habitantes, nace de padres fenicios, avispados comerciantes, en el s. VIII a. C. Entre éste y el s. IV, también anterior a Cristo, hubo de ser tartesa, tomando luego su nombre, Abdera, de su período griego en que quedó bautizada como aquella otra helénica, con la que estamos hermanados. Púnica más tarde, cuando vienen las malas para los cartagineses, son los romanos los encargados de guerrear y llevarse salazones y “garum”, salsa afrodisiaca de vísceras de pescado fermentadas, que aquí hacíamos muy bien y a los romanos de alto “standing” les encantaba.

Hay quien dice que se llevaban también, en ánforas de barro, como el “garum”, el vino; habiendo noticias de que la cosecha de 312 a.C. hizo furor entre tribunos, pretores y centuriones.

Tanto tiempo pasado sobre la ciudad, le ha permitido ser bizantina y visigoda en los siglos VI y VII de la era cristiana ya.

En el s. VIII, la islamización, que ahora recidiva; hasta que en 1.489 la Alpujarra, con Adra dentro, fue entregada a los Reyes Católicos, quienes propiciaron la salida de Boabdil, último rey nazarí, hacia Fez desde las abrigadas costas abderitanas.

Con tanto ajetreo, en 1.505, la Reina Dª Juana de Castilla hubo de repoblar con cristianos el asentamiento junto al castillo-fortaleza, gentío que conforma Adra la Nueva para distinguirla de Adra la Vieja, población que, harta ya de asaltos y escaramuzas, se había refugiado, tierra adentro, en lo que hoy es la barriada de La Alquería.

La segunda mitad del s. XVI abre la economía de la comarca a la exportación e importación de productos a través de su puerto, siendo el cultivo de la caña de azúcar y los productos de su transformación industrial (azúcar, miel, alcohol) impulsores de la riqueza de la zona a propuesta de unas familias de comerciantes genoveses y milaneses, creadores de ingenios para la transformación de la caña, que, testimonio de su paso, nos dejaron sus señoriales casas barrocas.

Entre tanto, el s. XVIII avista el desarrollo del sector pesquero y el XIX la metalurgia del plomo. Reliquias de esplendores pasados, nos quedan la Torre de los Perdigones (donde estos se fabricaban) y la Fabriquilla del Vinagre, hoy Centro de Arte, que con las chimeneas de la última azucarera y la alcoholera en ella enclavada, abanderan la avanzadilla industrial que no hemos sabido sostener.

   Y, puestos a sufrir alternativas, también dejamos de ser “granainos” en 1.833, para hacermos almerienses, no sin cierto alivio de la carga de carácter que el “granaino” ha de sobrellevar.

Cultivos bajo arena primero, en invernadero luego, en los que también fuimos pioneros en Almería, cambiaron el verdor inacabable de nuestra vega en la zafia suciedad del plástico que destrozaría nuestro paisaje pero amamantaría a nuestro paisanaje.

     Se otea el turismo, si la “desaceleración” no lo impide, al reclamo de sus quince kilómetros de playas aún habitables, mientras huye cobardemente la construcción y caminan sobre la mar luces de la ciudad y sus chiringuitos.