Se la jugaban en Lepanto como el Madrid en La Rosaleda. A las órdenes de D. Juan de Austria se alineaba Cervantes en el tricolor combinado de La Santa Alianza, con Venecia y Roma de carrileros. Último enfrentamiento para decidir el dominio del Mediterráneo. Enorme actuación de un Cervantes que llega embalado a la cita y pese a recibir tres tarascadas de consideración enorme en su miembro superior izquierdo, que aconsejan su bandono del campo de batalla, continúa en la lucha contra el conjunto otomano, que teminana perdiendo la contienda mientras Cervantes pierde el brazo del carril izquierdo y España acrecienta su dominio en el Mare Nostrum.
Pese a caer lesionado, D. Miguel enjuiciaría así el encuentro:
 
“Bien sé que en la naval dura palestra perdiste el movimiento de la mano izquierda, para gloria de la derecha.”
 
No se entretuvo a celebrar la victoria con unas copas de tinto Rincón de la Cautiva porque tenía prisa por empezar a escribir El Quijote y contar cuanto allí había sucedido.